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Hola, gracias por su visita y comentarios, es mi deseo que en su estadía aquí algo les haya interesando o llamado la atención.
Muchas bendiciones para ustedes y los suyos.-



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CONTRA LOS ATAQUES CON ÁCIDOS. Supervivientes de ataques con ácido participan en una cadena humana en protesta contra este tipo de agresiones, delante del Club Nacional de Prensa, en Dacca (Bangladesh). La manifestación, organizada por la Fundación de Supervivientes del Ácido, quiere alertar de que este tipo de ataques han aumentado recientemente con 3.625 víctimas en 3.270 incidentes registrados entre 1999 y 2015, de los cuales 1.847 fueron mujeres, 901 hombres y 877 niños, según datos facilitados por la fundación. (EFE)


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"No había nadie detrás de la barra del otro verano y en lugar de tu bar, me encontré una sucursal del banco hispanoamericano, tu memoria vengué, a pedradas contra los cristales, sé que no lo soñé, protestaba mientras me esposaban los municipales en mi declaración alegué que llevaba tres copas y empecé esta canción en le cuarto donde aquella vez te quitaba la ropa"

viernes, 9 de abril de 2010

La Historia de Latiff...

Latiff era el mendigo más pobre de la aldea. Cada noche dormía en zaguán de una casa distinta, frente a la plaza del pueblo. Cada día tenía un breve descanso bajo un árbol distinto, con mano extendida y perdido en sus pensamientos.

Cada noche comía de las limosnas o las migajas que alguna persona caritativa le traía. Sin embargo, a pesar de su aspecto y la manera en que pasaba sus días, Latiff era considerado por todos como el hombre más sabio del pueblo, no tanto por su inteligencia, sino por lo que había vivido.

Una soleada mañana el rey apareció en la plaza, rodeado por sus guardias, caminando entre los frutos sin buscar nada en especial. Riendo ante los mercaderes y compradores, el rey y su séquito tropezaron con Latiff, quien dormitaba a la sombra de un roble. Alguien le dijo al rey que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también ante uno de los hombres más respetados debido a su conocimiento.

El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: "Si puedes contestar mi pregunta, te dare esta moneda de oro". Latiff la miró y casi con desprecio le contestó: "Usted puede quedarse con su moneda, ¿qué haría con ella de todas maneras? ¿Cuál es su pregunta?"

El rey se sintió desafiado por la respuesta y en vez de una pregunta banal, le hizo una que le estaba molestando por días y que no podía resolver; un problema de bienes y recursos que los analistas no habían podido solucionarle. La respuesta de Latiff fue sabia y creativa. El rey se sorprendió; dejó la moneda a los pies del mendigo y continuó con su camino al mercado, reflexionando sobre lo ocurrido.

Al día siguiente regresó directamente a donde descansaba Latiff; esta vez bajo un olivo. Otra vez el rey le planteó una pregunta y nuevamente Latiff la contestó rápida y sabiamente. El rey volvió a sorprenderse ante tanta inteligencia. En un acto de humildad, se sacó sus sandalias y se sentó enfrente de Latiff.

"Latiff, te necesito", dijo el rey. "Estoy abrumado por las decisiones que un rey tiene que tomar. No quiero lastimar a mi pueblo y tampoco quiero ser un rey malo. Te pido que vengas al palacio y seas mi consejero. No temas; te prometo que serás respetado y que podrás irte cuando quieras... por favor".

Ya sea por compasión, por servir o por la sorpresa, Latiff, tras pensarlo un poco, aceptó la propuesta del rey. Esa misma noche Latiff llegó al palacio donde inmediatamente le asignaron un lujoso cuarto. El cuarto estaba cerca al del rey y tenía una tina llena de esencias y agua tibia esperándole.

Durante las siguientes semanas las consultas con el rey se tornaron habituales. Cada día en la mañana y en la tarde, el monarca consultaba a su nuevo consejero sobre problemas de su reino, de su propia vida o de sus dudas espirituales.

Latiff siempre contestaba con claridad y precisión y se convirtió en el vocero favorito del rey. Tres meses tras su arribo, no había decisión que el monarca tomase sin consultar primero a su apreciado consejero. Obviamente esto desató el celo del resto de los consejeros. Veían en el mendigo una amenaza a su propia influencia.

Un día, todos los consejeros pidieron una audiencia privada con el rey. Muy cautelosos y con gravedad le dijeron: "Su amigo Latiff está conspirando para destronarlo a Ud." El rey dijo: "No puedo creerlo".

"Puede confirmarlo con sus propios ojos", le dijeron. "Cada tarde, como a las cinco, Latiff se escabulle del palacio hacia el ala izquierda y entra en un cuarto oscuro. Se reúne con alguien en secreto, aunque no sabemos con quién. Le hemos preguntado dónde va todas esas tardes pero nos da respuestas evasivas. Su actitud nos alertó con respecto a la conspiración".

El rey se sintió defraudado y lastimado. Tenía que confirmar este informe. Esa tarde como a las cinco, esperó a Latiff bajo las escaleras. Vio a Latiff llegar a la puerta y mirar a su alrededor, con una llave colgando de su cuello. Abrió la puerta de Madera y se escabulló secretamente en la habitación. "¿Lo vio?" los otros consejeros le gritaron. "¿Lo vio?"

Seguido por su guardia personal, el monarca tocó a la puerta. "¿Quién es?" preguntó Latiff desde dentro. "Soy el rey", contestó, "ábreme la puerta".

Latiff abrió la puerta. No había nadie dentro, excepto Latiff. No había otras puertas o ventanas, no había accesos secretos o moblaje alguno en que alguien pudiese ocultarse.

Dentro de la habitación solo había una plato desgastado de madera; en una esquina, un bastón y en el centro del cuarto, una tunica raída colgando de un gancho en el techo. "¿Estás conspirando contra mí, Ltiff?" preguntó el rey.

"¿Cómo podría, su Majestad?" contestó Latiff. "De ninguna manera. ¿Por qué lo haría? Hace tan solo seis meses, cuando llegué, lo único que tenía era esta túnica, este plato y este bastón. Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto y con la cama en que duermo, me siento tan honrado por el respeto que me brinda y tan fascinado por el poder que me ha concedido... de estar cerca de Ud... que cada día vengo aquí para tocar esta vieja túnica para asegurarme que recuerde... quién soy y de dónde vengo.

Muy cierto. Nunca debemos olvidar quiénes somos y de dónde venimos. La vida da vueltas y bien pudiéramos regresar al mismo lugar.



Queridos Amigos:

No cabe duda que nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza si pudiésemos mantenernos agradecidos a Dios por las bendiciones que nos han sido otorgados, aún sin merecerlas. Y es que mucho de lo que alcanzamos de este lado del cielo no es tanto por nuestro esfuerzo y duro trabajo (que ciertamente juegan un papel importante) sino por la gracia divina. Si miramos a nuestro alrededor, no pasará mucho tiempo para que descubramos a otros que trabajan más duro y se esfuerzan más que nosotros y sin embargo, no cosechan nuestros triunfos. ¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué?

En vez de concluir que somos especiales, ¿por qué no más bien reconocer que tenemos un Dios fuera de serie que se place en bendecirnos? Ojalá que sepamos no sólo atesorar sino aplicar la moraleja de esta anécdota... adelante y que el Señor les bendiga.

lo recibí por mail, quise compartirlo con ustedes, afectuosos saludos.-


Publicado en: http://anagloriaguerrero.blogspot.com/


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